Published: November 26, 2018
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Cuando le digo que no estoy buscando alojamiento, la señora del hotel me mira con desconfianza. En ese momento me doy cuenta de que no puedo contar la verdad. ¿Qué le digo? ¿Qué soy un romántico empedernido que se ha obsesionado con dos muertos de hace un siglo?

Decido adoptar mi personalidad de Carmen Sandiego: “Estoy haciendo un trabajo de investigación sobre la I Guerra Mundial en la zona.” Hala, y si cuela, cuela. “Me han dicho que aquí solía vivir la familia Muler, ¿es así?”.

La mujer me dice que sí. Que el edificio ha pertenecido a su familia desde hace generaciones. WAIT. ¿Su familia? ¿Me está diciendo que ella es descendiente de los Muler?

Pues sí, amigas. La señora se llama Dorothea Taschler, hija de Helmut Taschler y Maria Muler, que a su vez fue hija de Adolf Muler, el hermano mayor de Emil en esta foto que recordaréis.

Image in tweet by Guillem Clua

En ese momento le cuento lo de la tumba intentando que no me tiemble la voz. Se supone que soy una investigadora fría como el hielo, no te salgas de personaje, Guillem. Y ella asiente con la cabeza: “sí, los enterraron juntos, pero no sé por qué.”

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“Me han dicho que Emil y Xaver eran amigos,” aventuro yo. Ella asiente de nuevo: “sí, iban juntos al instituto, como la mayoría que están enterrados allí.” Otro escalofrío. Me viene a la cabeza el instituto al lado del cementerio.

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Está claro que #EmilyXaver se conocieron cuando eran adolescentes. O quizás antes. Y que su amistad se forjó en los pasillos de ese edificio, una amistad que se truncó cuando Emil se fue a la universidad de Munich hacia 1912 y Xaver se quedó en Sighisoara.

Por eso Xaver pintaba la ventana de Emil. Porque le echaba de menos. Incluso un año después de su separación él aún le dedicaba sus cuadros.

¡Solo ellos dos están enterrados juntos, señora! Dorothea piensa un poco y acaba diciendo que desconoce el motivo. “¿Quizás la familia de Xaver Sumer no tenía dinero para una tumba propia?” La explicación no me convence nada.

Seguimos hablando de los Muler un buen rato, de cómo Emil y su padre murieron pero Adolf sobrevivió, quedándose con la casa. También lamenta que Emil muriera soltero y sin descendencia.

En ese momento señalo la ventana que está justo encima de nosotros: “esa era su habitación, ¿verdad?”. Ella abre los ojos como platos. “¿Cómo lo sabes?”. Le enseño la foto del cuadro y me lanzo: “¿me la podría enseñar?”.

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Ella asiente y me hace pasar. Entro en la antigua casa de Emil casi de manera reverencial, pero se me pasa de golpe al ver que la han reformado por completo y por dentro es TERRIBLEMENTE FEA. Los frescos de las paredes son para arrancarse los ojos (perdón, Dorothea).

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Camino de la habitación, uno de los frescos en la pared llama mi atención. Es una representación de un molinero (Müller, en alemán, el símbolo de la familia de Emil). Decididamente estoy en el lugar correcto.

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La habitación no está ocupada, así que puedo visitarla sin problema. Dorothea me abre la puerta y se me corta la respiración. Delante de mí está la habitación de Emil.

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Me dirijo a la ventana y desde allí adivino el lugar en la calle desde el que Xaver pintó su cuadro. Y levanto la mano, como si yo mismo fuera Emil, despidiéndome de Xaver, que acaba de salir de mi casa con una sonrisa en sus labios y se gira para saludarme con una sonrisa.

En ese momento siento que no me puedo ir. A la mierda el bus a Târgu Mures que sale en un rato. A la mierda todo. Me giro y le suelto a Dorothea: creo que me voy a quedar a dormir aquí esta noche.

La mujer sonríe, como si ya sospechara que iba a decir eso: “me alegro, porque tengo algo que enseñarte. Y vas a necesitar tiempo para examinarlo.”

Sigo a Dorothea hasta una puerta cerrada con llave. Tras ella hay una habitación más austera que las demás. Deduzco que no está destinada a los huéspedes del hotel. Hay varios armarios, arcones y muebles de diferentes estilos.

Dorothea abre uno de los armarios y saca una maleta, que coloca encima de un arcón. “Si quieres, puedes examinar su contenido,” me dice. Enseguida entiendo por qué. La maleta está en bastante mal estado, pero al lado de la empuñadura se adivinan dos iniciales.

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EM. Emil Muler.

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Dorothea me observa con atención. No sé si le divierte o le incomoda que hurgue en el pasado de su familia de esta manera. Le pregunto si puedo hacerle una foto a ella también, pero se niega rotundamente.

Le doy la espalda y contemplo la maleta como si fuera un tesoro, el resto de un naufragio que las olas han hecho llegar a mis pies en una playa remota. ¿Qué encontraría dentro? ¿Estarían allí las respuestas que buscaba o habría aún más preguntas?

Finalmente la abro... y esto es lo que me encuentro. Carpetas, papeles y un pequeño maletín.

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Dorothea me dice que no preste atención a las carpetas, ya que no tienen ningún interés para mí. En el maletín está todo lo que necesito. Y cuando lo abro...

¡Fotos! Docenas de fotos de todos los tamaños, temas y épocas. Un montón de instantes inmortalizados en celuloide, caras anónimas, paisajes exóticos, instantáneas familiares… ¡Hay de todo!

Al parecer hace años que las fotos están ahí guardadas. La mayoría las encontraron cuando reformaron el hotel. Las metieron en el trastero para organizarlas un día, pero como suele pasar, ese día nunca llegó.

Dorothea está segura de que alguna foto de principios de siglo habrá y me invita a buscarla. Yo miro el interior del maletín abrumado. ¡Ahí puede haber tranquilamente 200 o 300 fotos! Me puedo pasar horas examinándolas…

Dorothea sonríe: “cuando te canses, puedes bajar a cenar al restaurante.” Y dicho esto, se va. Una vez solo, saco todas las fotos del maletín y me pongo a clasificarlas como buenamente puedo.

Y así es como se hace de noche, con un pringado encerrado en un trastero en medio de Transilvania empeñado en contar una historia de amor.

La tarea me toma más tiempo del esperado y bajo al restaurante sin haber terminado. Vuelvo a cenar demasiado (vaya novedad) y decido continuar al día siguiente.

Esa noche me cuesta conciliar el sueño. Me quedo un buen rato mirando la ventana desde la cama y preguntándome cuántas veces habría hecho Emil Muler lo mismo, hace más de cien años en esa misma habitación.

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Y no puedo evitar preguntarme qué coño hago yo aquí. ¿He dejado que esto se me vaya de las manos? ¿He desatendido mi curro en Târgu Mures persiguiendo un espejismo? ¿Por qué necesito saber la verdad de esta historia que ni me viene ni me va?

¿Tanto necesito creer en el amor?

La luz del alba me despierta bien temprano y vuelvo al trastero sin desayunar. Tengo que aprovechar el tiempo: no me puedo quedar más días en Sighisoara. Hay que resolver el misterio hoy o me iré sin respuestas.

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Y nada más empezar encuentro la primera foto. Es un pelotón del ejército austrohúngaro: un grupo de jóvenes soldados posando orgullosos con sus uniformes impecables. Seguramente ahí ni siquiera habían disparado una sola bala todavía.

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Y entre ellos, con su habitual cara de “en vaya jardín me he metido”, reconozco a Emil Muler (es el segundo soldado de pie desde la derecha). Me pregunto si alguno de los otros es Xaver Sumer…

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Hasta que encuentro la segunda foto. Dos oficiales y un soldado.

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Y el nombre del soldado no deja lugar a dudas.

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Xaver Sumer. 1914.

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Las piezas del puzzle empiezan a encajar por fin.

Por fin he puesto cara a los dos soldados. Coloco sus fotografías una al lado de la otra. La mirada de ambos se clava en la mía. Y a través del espacio y el tiempo, me parece ver en ellos una súplica común: “cuenta nuestra historia o jamás existiremos.”

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