Published: November 30, 2018
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Alina detiene su relato. Se ha dado cuenta de que estoy llorando. “Dígame que se vieron. Aunque solo fuera un día. Dígame que Emil supo que Xaver no le había olvidado.” Mis palabras suenan casi como una súplica.

Ella vuelve a sonreír, pero no dice nada. Se levanta y rebusca entre los volúmenes de la librería. Saca un álbum lleno de fotos y documentos. Y enseguida encuentra lo que busca: una carta.

Una carta a Emil Muler.

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Escrita por Xaver Sumer (que aquí vuelve a firmar con su nombre catalán).

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Días antes de la muerte de Emil.

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“¿Quieres saber lo que dice?”, pregunta Dorothea. Yo te la puedo traducir.

Una carta de Xaver a Emil. Ni en mis sueños más locos habría imaginado encontrar un tesoro así. Pero no puedo evitar preguntarme por qué está en poder de Alina Balan. ¿Acaso no llegó a su destino?

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“Mi abuelo la interceptó,” explica la anciana. Cuando Hermann volvió del frente y se encontró con Xaver plantado en la calle, se le rompió el corazón. Se dio cuenta de lo que había provocado con su confesión antes de la guerra.

Intentó disculparse, pero Xaver no quiso ni escucharle. Se pelearon en plena calle y Xaver le rompió la nariz de un puñetazo.

Hermann era consciente de que el dolor que sentía en la cara no tenía ni punto de comparación con el de sus viejos amigos. Se propuso enmendar su error y trató de interceder por ellos plantándose en casa de los Muler.

Les pidió que permitieran un último encuentro entre los chicos, pero ellos se negaron. Y no solo eso. Le enseñaron la carta de Xaver que acababan de recibir y le pidieron que se la devolviera, para que le quedara claro que sus palabras jamás llegarían a oídos de Emil.

Hermann no les hizo caso. Se guardó la carta y en cuanto tuvo ocasión pidió ver a Emil. En la habitación que ya conocemos, Hermann pidió perdón a su amigo del instituto y, junto a su lecho, le leyó la carta de Xaver en un susurro.

Y es en ese mismo susurro que Dorothea empieza a traducirme las palabras de Xaver:

"Querido Emil, Tus padres no permiten que nos vemos. Recurro a esta carta para escribir lo que jamás he sido capaz de decirte. Quiero que sepas que te quiero. Sí, Emil, te quiero. Nos habían enseñado que lo nuestro no era amor, pero me he dado cuenta de que lo era."

"Lo que tú y yo hemos tenido es el amor más verdadero que he sentido jamás. Por eso no quiero perderte sin decírtelo. Te quiero desde el primer día que entramos en el instituto y nos escapamos al cementerio a fumar un cigarrillo."

"Te quiero desde el día que me calentaste las manos con tu aliento porque yo había perdido los guantes. Te quiero desde ese beso en el establo de los Sander. Te quiero tanto que la idea de volver a verte fue lo único que me mantuvo vivo en las trincheras serbias."

"Bastaría con mirarme a los ojos para que lo entendieras. Ojalá pudieras. No harían falta palabras. Nos miraríamos y volveríamos a ser niños en los pasillos del instituto, antes de la muerte, antes de las bombas, antes de los viejos en los que nos ha convertido todo este odio."

"Por eso hace meses que estoy bajo tu ventana, para verte otra vez, aunque solo sea un instante. Para que tu sonrisa vuelva a hacerme creer que nuestro amor lo significó todo y arrojó algo de luz en este siglo que ha nacido muerto."

"Te quiero y pase lo que pase, siempre estaré contigo. Tuyo, Xavier."

Cuando Hermann acabó de leer la carta, los dos chavales estaban llorando. Emil, casi sin voz, le pidió que le ayudara a levantarse.

Emil estaba tan débil que parecía que no sería capaz ni de llegar hasta la ventana, pero lo consiguió. Descorrió las cortinas, miró al exterior y por primera vez en años de horror su rostro estalló en una sonrisa.

Porque ahí abajo en la calle estaba Xaver devolviéndole la mirada. Porque el hombre que amaba le había dicho te quiero por primera vez y él le estaba respondiendo, muy flojito, con su aliento empañando el cristal de la ventana.

Xaver nunca pudo oír el “ich liebe dich” de Emil, pero lo sintió en lo más profundo de su alma como una bendición. En ese momento Emil levantó el brazo a modo de saludo… Y así es como Xaver lo pintó en su último cuadro.

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Esa misma noche, un 12 de diciembre de 1916, Emil Muler falleció. Tenía 22 años.

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El silencio cae en el salón de Alina Balan como una sentencia. La anciana lo rompe con su voz quebrada: “al menos tuvieron ese momento. Otros no tuvieron ni siquiera eso.”

Al día siguiente de su muerte, Emil fue enterrado en el panteón familiar y Xaver dejó de pintar. Sabemos que murió meses después, ¿pero qué fue de él en ese tiempo? Y lo más importante… ¿cómo acabaron enterrados juntos?

El puzzle aún estaba incompleto, pero la pieza que faltaba para completarlo no estaba lejos... (La próxima entrega será la última de #EmilyXaver. ¡Estad atentas!)

Alina rebusca en el álbum y me enseña una foto de la tumba de Emil de 1916. Efectivamente fue enterrado solo.

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Se me hace raro ver ese espacio vacío al lado de su nombre. Es como si Xaver estuviera destinado a ocuparlo en otra tumba del futuro. Le pregunto dónde puedo encontrar esa lápida, pero la anciana me dice que ya no existe y retoma su relato.

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Media ciudad acudió al funeral de Emil. El pequeño de los Muler había muerto como un héroe e iba a ser enterrado con honores. El oficio tuvo lugar en la Iglesia de la Colina, al lado del instituto de los chicos y el cementerio.

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Xaver se presentó a media ceremonia con el alma rota. El cura interrumpió su homilía al verle entrar y todos los asistentes contemplaron con asombro cómo se dirigía al ataúd para darle el último adiós al hombre que amaba.

Pero Xaver no pudo hacerlo. Herr Muler se plantó delante de él en el pasillo, lo agarró por las solapas y lo arrastró al exterior. Xaver suplicaba entre lágrimas que sólo quería despedirse. Por toda respuesta, el padre de Emil lo lanzó al suelo y le propinó varias patadas.

Hermann Balan lo contempló todo desde su banco lleno de rabia y culpa, pero no se atrevió a hacer nada. Nadie movió un dedo.

En la calle, la sangre y las lágrimas fundían la nieve bajo el cuerpo de Xaver Sumer. El chico se levantó como pudo y juró que jamás volvería a Sighisoara.

La ciudad estaba demasiado llena de recuerdos que no dejaban de acecharle y de vecinos que lo miraban con desprecio. Con Emil muerto, sentía que ese ya no era su lugar y que su vida carecía de todo sentido.

Y cuando la vida deja de tener sentido, lo único que te guía es la muerte. Por eso Xaver volvió a la guerra, que aún estaba lejos de terminar.

Pocos meses antes, Rumanía había entrado en la Gran Guerra como aliada de Francia y Rusia. Transilvania se había convertido en escenario de cruentas batallas, especialmente en la frontera con la actual Hungría.

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En esas trincheras volvió a luchar Xaver durante meses… hasta que ocurrió lo inevitable.

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Alina vuelve a rebuscar en su álbum y me enseña un documento en húngaro. Dorothea me lo traduce (y yo empiezo a sospechar que no hay idioma que esa mujer no conozca: parece un Google Translator con moño).

Es el certificado de defunción de Xaver Sumer.

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En él puedo leer claramente su nombre, su fecha de nacimiento (descubro que fue el 9 de febrero de 1893), la fecha de su muerte (26 de septiembre de 1917) y en el apartado de “observaciones”, una palabra que no presagia nada bueno: “öngyilkosság”.

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