Xaver Sumer, incapaz de soportar el infierno en el que se había convertido su vida, rota su alma, vacío su futuro, se quitó la vida en una trinchera del frente húngaro. Tenía 24 años.
Fue enterrado en un cementerio militar a las afueras de Oradea (hoy provincia rumana de Crisana) con una sencilla cruz blanca de madera.
Poco más de un año después, la I Guerra Mundial llegaría a su fin, dejando tras de sí 30 millones de muertos. Y dos de ellos, Emil Muler y Xaver Sumer, descansarían durante algunos años más a 300 kilómetros de distancia el uno del otro.
Dorothea consulta su reloj. Se está haciendo tarde. Ella tiene que volver al hotel y yo debo volver a Târgu Mures esta misma mañana. “¿Nos vamos?”, me pregunta.
¡No! ¡Aún falta lo más importante! ¡La primera pregunta que cruzó mi mente al ver la tumba de #EmilyXaver, la que todos queremos responder! ¿Cómo acabaron enterrados juntos?
Alina me mira sorprendida y se le escapa la risa: “¿Pero aún no lo sabes? Muchacho, la respuesta ha estado delante de ti todo este tiempo.”
Y sí, ya sé que ayer dije que esta sería la última entrega, pero me ha quedado más larga de lo que esperaba, así que os pido un poco más de paciencia. Mañana termino la historia. ¡Esta vez sí!
Buenos días a todas. Perdonad el retraso. He madrugado un montón para solucionar unos asuntos urgentes de curro y estar a punto a las 12 para contaros el desenlace de #EmilyXaver, pero como podéis comprobar, he calculado mal…
Pero ya estoy aquí. ¡Vamos a por ese desenlace!
Nos habíamos quedado en el salón de Alina. Dorothea me apremiaba para irnos ya. Ella tenía trabajo que hacer en el hotel que había sido el hogar de Emil y yo tenía que pillar un autobús. ¡Pero no podía irme sin la respuesta definitiva que todos estamos esperando!
Alina me dice que esa respuesta ha estado delante de mí todo el tiempo.
¿Delante de mí? ¿Cómo que la respuesta está delante de mí? WTF? ¿A qué se refiere?
Alina vuelve a sonreír. Me doy cuenta de que cada vez que sonríe algo muy pequeñito dentro de mí se calma un poco. Esa mujer es un bálsamo.
La anciana levanta la mirada y hace un ademán hacia la pared que tengo enfrente. En ella, un gran cuadro preside el salón. Es un gran retrato de su abuelo. Hermann Balan.
Hermann Balan, el amigo que descubrió la relación de Emil y Xaver en el instituto. Hermann Balan, el culpable de que Herr Muler mandara a su hijo a Munich para apartarlo para siempre de Xaver.
¿Pero qué tuvo que ver él con la tumba del memorial? ¿Qué papel jugó en esta historia realmente?
El amigo de la infancia de Emil y Xaver jamás se perdonó el dolor que había desencadenado con su indiscreción. El sentimiento de culpa por la inhumana muerte que ambos sufrieron lo acompañó toda la vida.
Pasaría una década antes de que pudiera empezar a redimirse. En 1928 Rumanía celebraba el décimo aniversario del armisticio y de la fundación del estado rumano con la anexión, entre otros territorios, de Transilvania (Sighisoara incluida).
Muchas ciudades decidieron construir memoriales para conmemorar la fecha y honrar a los soldados que perecieron en la contienda. El ayuntamiento de Sighisoara fue uno de ellos.
Y el encargado de planearlo fue un alto funcionario que acababa de entrar en el consistorio llamado Hermann Balan.
Ahora no os pongáis a gritar, que esto se veía venir desde hace cincuenta tuits. ¿O no?
Ese fue uno de los primeros trabajos de Hermann en el ayuntamiento de Sighisoara, del cual acabaría siendo alcalde tras la II Guerra Mundial (pero esa es otra historia, si queréis otro día os la cuento).
Lo primero que Hermann tuvo que hacer fue conseguir el permiso de las familias de los fallecidos para trasladar sus cuerpos al nuevo emplazamiento.
No le costó demasiado obtener el permiso de exhumación del padre de Emil. Para el viejo oficial era un gran honor que su hijo descansara en un monumento nacional a los caídos.
El 1 de diciembre, Día Nacional de Rumanía, se inauguró el memorial en una ceremonia civil. Media ciudad acudió para honrar a sus muertos de nuevo, con Herr Muler a la cabeza, ataviado para la ocasión con todas sus medallas.
Lo que nadie podía esperar, y él menos que nadie, es que su hijo no estaría solo en esa tumba.
Hermann había movido cielo y tierra para localizar el cuerpo de Xaver en Oradea (por eso conservaba su certificado de defunción en húngaro). Desde el primer momento quiso enterrarlo junto al hombre que amaba para que descansaran juntos por toda la eternidad.
Como es lógico, mantuvo su plan en secreto para que nadie pudiera detenerle. Y se salió con la suya.
Al verlo, Herr Muler entró en cólera y se enfrentó a Hermann a gritos delante de todo el mundo. ¿Cómo había sido capaz? ¿Cómo se atrevía a mancillar el honor de su familia de ese modo? El hombre estaba fuera de sí.
Por eso Hermann lo tumbó de un puñetazo, como Xaver había hecho con él mismo diez años antes.
Sí, está mal pegar a un señor mayor, pero no me digáis que no se lo merecía un poco.
“Hace quince años cometí un error imperdonable,” le escupió Hermann al viejo oficial.
“Yo maté a mis mejores amigos mucho antes de que lo hiciera esa horrible guerra. Y usted fue cómplice de ello. Todos lo fuisteis.”
Los vecinos de Sighisoara agacharon la cabeza avergonzados ante las palabras de Hermann: “es hora de permitirles descansar en paz de una vez, juntos, como tendrían que haber vivido y como héroes de algo mucho más valioso que una guerra.”
Y así ha sido hasta hoy.
Dorothea está tan sorprendida como yo. Alina nunca le había contado ese episodio de su bisabuelo. Y su familia tampoco… Por primera vez la veo incluso alterada.
Y no es de extrañar. Herr Muler se fue del cementerio con el rabo entre las piernas y jamás se volvió a hablar de Emil en su casa. Metió todas las cosas de su hijo en una maleta y la encerró en un armario.
Esta maleta.
Herr Muler no pudo enterrar a su hijo donde quiso, pero intentó sepultar su recuerdo ante el mundo. Un recuerdo que hoy, por fin, sale a la luz, para su nieta, para mí y para todas vosotras.
El reloj del salón marca las doce. Es hora de irse. Me despido de Alina y ella me da un abrazo que huele a rosquillas y aguardiente. Espero de todo corazón que nos volvamos a ver algún día.
Ya en la calle, Dorothea se ofrece a acompañarme a la estación de autobuses, pero rechazo la invitación. Tengo algo importante que hacer antes. Y necesito hacerlo solo. Me despido de ella con un beso en la mejilla y ella se ruboriza.









