Antes de los emoji y los WhatsApp, las maldiciones se escribían en plomo y se enterraban con los muertos. Con aquellos oscuros mensajes se pedía venganza a los dioses en la Antigüedad. Así nacieron las tablas de maldición. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
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En la antigua Grecia y Roma, no hacía falta ser sacerdote para invocar a los dioses, tan solo necesitabas una tablilla de plomo, un punzón y rabia. Por amor, por dinero, por celos, por deporte... Sí, por deporte también.
Estas tablillas se conocen como defixiones y eran textos breves, grabados a mano en metal blando, normalmente plomo. Se doblaban, se perforaban y se ocultaban en tumbas, pozos o santuarios subterráneos y, cuanto más cerca del inframundo, mejor funcionaban.
Las más antiguas datan del siglo V antes de Cristo y se han encontrado miles, desde Egipto hasta Hispania. Los dioses a los que iban dirigidas solían ser los más oscuros: Hades, Perséfone, Hermes del mundo subterráneo, o demonios sin nombre.
Y no se les pedía justicia, se les pedía daño directo Algunas eran peticiones muy concretas: “Que se le caigan los dientes a Marco” “Ojalá se equivoque en todas sus apuestas” “Que su lengua se hiele cuando intente hablar en el juicio”
Eran pequeñas bombas mágicas de rencor personal. En los circos romanos era habitual lanzar tablillas para maldecir al auriga rival, en los tribunales, para que el oponente no pudiera defenderse y en el amor, para que una persona se entregase o sufriera eternamente por uno.
Una de las más famosas se encontró en Bath, Reino Unido, en un santuario romano. Decía: “A quien haya robado mi guante, que no duerma, ni coma, ni ame, hasta que lo devuelva. Que sus huesos se pudran y su alma se pierda...” Y todo por un guante.
En Grecia, muchas iban dirigidas a Eros o Afrodita, pero en su forma más tenebrosa, no como dioses del amor, sino del deseo incontrolable, una especie de Tinder infernal con cláusulas eternas.
Se han hallado tablillas en Mérida, en Lugo o en Córdoba, escondidas en tumbas de niños, enterradas con clavos e incluso atadas a muñecos de cera, porque el ritual importaba tanto como el texto u cuanto más truculento, más eficaz se creía.
Con el auge del cristianismo, muchas de estas prácticas fueron condenadas, pero otras sobrevivieron disfrazadas de oraciones, conjuros, rezos "apócrifos"... y ese deseo humano de que al otro le vaya mal nunca desapareció del todo.
Hoy, las tablillas de maldición nos parecen supersticiones primitivas, pero basta leer una con calma para entender que no han cambiado tanto, solo cambiaron el plomo por X, Facebook o WhatsApp, y los dioses por abogados...
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